Template by 888 Poker Bonus Code

El Antiguo Parador de Torija

Por Enrique Alejandre Torija

 Siendo en la actualidad la principal vía de comunicación que atraviesa la provincia de Guadalajara, la conocida como autovía Nacional II, bajo el imperio romano lo fue la calzada que unía las ciudades de Emérita-Augusta –Mérida- y Cesar Augusta –Zaragoza-, atravesando el valle del Henares por Arriaca, Caesada y Segontia, las actuales Guadalajara, Hita y Sigüenza, respectivamente. Este paso mantuvo su importancia en la Edad Media, siendo conocido como Camino Real, pero en el siglo XVI su trayectoria quedó establecida por la meseta alcarreña, aunque desde tiempos antiguos este recorrido, también tuvo su importancia como paso hacia Aragón y lo atestigua la existencia de la fortaleza de Torija que vigila el valle del mismo nombre y cuya antigüedad se establece desde época romana.

En el siglo XVIII la dinastía borbónica instaurada en España a raíz de la Guerra de Sucesión dio un gran impulso a la construcción y mejora de caminos, en un país de orografía montañosa donde la decadencia y el abandono de sus calzadas eran un hecho proverbial. El primer plan de carreteras data del año 1761, el mismo en el que se establece el Itinerario de las Carreras de Posta de dentro y fuera del Reyno, de P. Rodríguez de Campomanes, que contiene una nueva recopilación de las carreras de posta que aumenta las de 1720.

Ciñéndonos al pueblo de Torija por ser la que fuera su posada, su famoso Parador, el tema principal que ocupa este artículo, en 1773, reinando Carlos III dieron comienzo las obras que mejoraron el Camino Real a su paso por la localidad, que duraron hasta 1790, ya en el trono Carlos IV, de lo que nos ha quedado constancia en un monolito existente hoy en el casco urbano de la localidad, aunque su emplazamiento muy probablemente debió de estar en los aledaños del citado Camino Real, y en el que consta:

“DEO ÖPTIMO MÁXIMO: PARA LA POBLACIÓN COMO DEFENSA, Y REMEDIO DE LOS PELIGROS QUE SE EXPERIMENTAN EN LA VILLA DE TORIJA, SE ABRIÓ EL REAL CAMINO, DE ORDEN DE SU MAJESTAD EL SEÑOR CARLOS III. COMENZOSE EN EL AÑO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO DE 1773, CONCLUYOSE EN EL 1790, REINADO SU MAJESTAD EL SR. D. CARLOS IV, QUE DIOS GUARDE, A IMPULSOS DEL ZELO Y EFICACES PROVIDENCIAS DE SU PRIMER MINISTRO DE ESTADO, EL CONDE DE FLORIDABLANCA, SUPERINTENDENTE DE CAMINOS Y COMUNICACIONES, Y HECHOS CUMPLIR POR EL INTENDENTE SUPERIOR DEL EXERCITO Y CORREGIDOR DE LA CIUDAD Y PROVINCIA DE GUADALAXARA DON MIGUEL VALLEJO, Y SEGUNDO MAESTRO DE ESTA OBRA EL SEÑOR DON MIGUEL MATHEO FANDO.”

Pareja a esta obra hubo de ser la construcción del Parador que fue alojamiento de transeúntes donde restablecieron las fuerzas perdidas en el viaje, estando especialmente concurrido en el mes de octubre, durante la celebración de las Ferias de Torija, de renombrada fama y gran concurrencia, lo que hacía que sus habitaciones y establos estuvieran siempre al completo, ocupados por tratantes y feriantes con sus correspondientes caballerías. Una idea de la magnitud del acontecimiento la da el general Hugo, - general del ejército napoleónico y padre del famoso novelista francés Víctor Hugo, que había sido enviado a Guadalajara por José I para liquidar a la guerrilla de El Empecinado – quien en sus Memorias, califica al evento como “mercado célebre” y recuerda que el párroco de Torija le aseguraba que en esta feria llegaba a haber hasta “veinte mil” mulos.

En 1948, un viajero que se alojó en el Parador daría a éste fama universal. El visitante del establecimiento no fue otro sino el que andando los años sería Premio Nobel de Literatura, Camilo José Cela, cuyo paso por él nos narró así en un original libro de viajes denominado “Viaje a la Alcarria”:

El viajero se lava en el zaguán, en una palangana colocada en una silla de enea. Un niño llora sin demasiadas ganas. Las gallinas empiezan a recogerse. Un perro escuálido husmea los pies del viajero. El viajero le da una patada, y el perro huye, con el rabo entre las piernas. Se ve que es un perro acostumbrado a recibir patadas. Una niña juega con un gato blanco y negro, y otra niña la ve jugar, con cara de mala uva y sin quitarle el ojo de encima. Un burro pasa, solo, camino de la cuadra; empuja la puerta con el hocico y se cuela dentro.

El viajero habla con la mujer del parador.

—¿Cómo se llama este parador?

—No tiene nombre. Mi madre se llama Marcelina García.

El viajero no se desanima.

—¡Buen castillo tienen ustedes ahí!

La mujer mira a los ojos del viajero.

—Sí, es muy antiguo. Según dicen, está ahí desde los moros.

Un mozo pasa con una mula parda.

—¡Tó, Generosa! ¡Arre, Generosa!

La hija de Marcelina García habla con el viajero:

—¿Va a tomar vino?

—Sí.

La mujer del parador levanta la voz.

—¡Niña, ve por vino!

La niña va a la cocina y sale con una botella vacía en la mano. El parador de Torija es un parador donde no hay vino, un parador donde la niña tiene que ir a buscarlo, cuando a un viajero se le pregunta: ¿Va a tomar vino?, y contesta que sí.

—¿Lo quiere tinto o blanco?

—Tinto.

El viajero entra en el comedor a arreglar un poco el equipaje. La mesa tiene un hule a rombos blancos y de color de rosa. El aparador llega hasta el techo. En la pared hay un mapa en relieve de la Península Ibérica y una litografía en colores del Regalo de Pascua, de Pears. Un reloj de pared, con medallón de nácar, marca la hora de la cena. Del techo cuelgan cuatro latas redondas, de escabeche, rodeando a la bombilla. En las latas crece una planta enredadera que forma guirnaldas y que se llama el amor del hombre.

La bombilla está apagada.

—¿Y la luz?

—La luz viene más tarde.

El viajero cena alumbrado por un candil de aceite. Judías con chorizo, tortilla de patatas con cebolla y carne de cabra, dura como el pedernal. De postre toma un vaso de leche de cabra. Cuando llega la luz, ya con noche cerrada, el filamento de la bombilla no hace más que enrojecer un poco, como un ascua. Entre la enredadera, la bombilla encendida parece una luciérnaga.

—Cuando viene la luz bien, con toda su fuerza, poco antes del amanecer, luce como un sol, ya verá usted.

La mujer del parador sonríe al hablar. Es una mujer amable, llena de buena intención. El viajero sube a la alcoba. La cama es de hierro, grande, hermosa, con un profundo colchón de paja. El viajero deja dada la luz y se desnuda a oscuras. Cuando, poco antes de la amanecida, la luz coge toda su fuerza, se extiende por la habitación un resplandor opaco, como para revelar fotografías, al que difícilmente se podría leer.

Un mozo canta a grito pelado; da unas voces tremendas, que se deben oír muy lejos:

“Si buscas novia en Teruel,

búscatela forastera;

mira que matan de amor

las mujeres de esta tierra.”

Al servirle el desayuno, la mujer del parador advierte al viajero:

—Ese que cantó a la madrugada es mi hermano. Canta al estilo de Aragón. Anduvo por Zaragoza, de soldado, y se le pegó mucho el estilo de Aragón. Tiene buena voz, ¿verdad?

—¡Ya lo creo!

 

( “Viaje a la Alcarria”, Camilo José Cela)

Los avatares de la vida dieron el cierre al Antiguo Parador de Torija. Mas hoy, cuan ave fénix que resurge de sus cenizas, una parte del mismo rejuvenecida y remodelada, transformada en Restaurante y Hotel Rural, va a volver a servir para atender a los visitantes, que si hoy ya no acudirán mayormente al mismo una vez culminados los negocios del día como antaño, sí lo harán en cambio disfrutando del ocio empleado en la contemplación de las bellezas de la Alcarria.

.
Fotografías: Carmen Romero y Jesús Mora
Web: Saray Cabrera Padrón